El silencio se instaló entre nosotros, denso, cargado de todo lo que no debíamos estar diciendo.
Emilian no se movió. Seguía apoyado contra el borde del escritorio, con los brazos cruzados, mirándome como si esperara una explicación que yo no tenía. La luz de la lámpara de pie dibujaba sombras duras en su mandíbula. Parecía más cansado que la madrugada del viernes. O más harto.
Bebí otro trago de agua solo para tener algo que hacer con las manos. El plástico crujió entre mis dedos.
—No iba a en