—¡Jodido mentiroso! —grité al teléfono con la voz rota, mientras las lágrimas me quemaban las mejillas y caían sobre la pantalla—. ¡Me prometiste que estarías aquí! Me prometiste que nos casaríamos, que íbamos a formar una familia, que yo era tu hogar y tú eras mi destino… ¿Dónde estás, Emilian? ¡Contesta, por favor! ¡No me hagas esto!Marqué su número una y otra vez. Una, dos, diez, veinte, cincuenta veces. Cada tono era como un cuchillo clavándose más profundo en mi pecho. Sonaba… sonaba… y luego el buzón de voz. Su voz grabada, esa voz ronca que tanto amaba, diciendo que dejara un mensaje. Colgué y volví a marcar, una y otra vez, hasta que me dolieron los dedos.Me dejé caer de rodillas en el suelo frío de mi pequeño apartamento, con una mano temblorosa sobre mi vientre todavía plano y la otra apretando el teléfono como si fuera lo único que me mantenía con vida. Solo habían pasado tres días desde que cumplí las seis semanas. Tres días desde que él se acostaba a mi lado, besaba mi
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