El agua del río no se movía. O quizá sí, pero yo no lo notaba. El reloj del salpicadero seguía avanzando con esa crueldad indiferente de los números digitales. Nueve y doce. Nueve y veintisiete. Diez menos cuarto.
Me quedé mirando el cristal empañado por mi propia respiración. Cada tanto pasaba un coche. El mundo seguía girando sin enterarse de que, dentro de ese vehículo oscuro, una mujer estaba aprendiendo a respirar en un espacio donde ya no cabía el hombre que amaba.
Cerré los ojos y reco