El sobre seguía abierto sobre el escritorio. Las hojas grapadas me miraban desde el centro de la madera, impecables, frías, definitivas.
“Demanda de divorcio.”
Lorenz Adler contra Elara Harrington.
Leí esas dos líneas una y otra vez hasta que las letras empezaron a bailar. El pecho se me cerró de golpe. El aire se volvió espeso. Y entonces, sin aviso, el llanto me rompió por dentro.
No fue un sollozo contenido. Fue un desgarro. Las lágrimas me cegaron de inmediato. Me doblé sobre el escritorio,