El sábado se arrastró sin forma. Dormí a ratos, desperté con la boca pastosa y el pecho hueco, y volví a cerrar los ojos sin conseguir escapar del todo. Comí lo justo para no marearme. El teléfono permaneció en silencio sobre la mesita. Ni un mensaje. Ni de Lorenz. Ni de nadie.
El domingo fue peor. Abrí las ventanas, saqué la basura, lavé las sábanas que aún recordaban el peso de otro cuerpo aunque él ya no estuviera. La camisa oscura de Lorenz seguía doblada sobre la silla. La cogí, la olí otr