El mar rugía a lo lejos, sus olas golpeaban la orilla con una fuerza que hacía eco en el interior de Katerina. Desde la ventana de la habitación donde la habían dejado, podía ver el cielo oscurecido por las nubes y el vaivén del agua que reflejaba su propio estado emocional: turbulento, caótico, sin control.
Llevaba más de un día en Cuba y aún no tenía noticias de Aaron.
No había forma de saber dónde estaba. No sabía si estaba herido, si estaba sufriendo o si…
No.
Se abrazó a sí misma, tratando