El viento helado de Rusia cortaba la piel como cuchillas invisibles mientras Katerina se mantenía pegada a la sombra de los muros de hormigón de la base de Vikram. La nieve bajo sus botas crujía con suavidad, pero no lo suficiente como para alertar a nadie.
Rustem, su inesperado aliado en esta locura, avanzaba unos pasos por delante, con la postura tensa y el arma lista. Katerina apenas podía creer que habían llegado tan lejos sin ser detectados. Habían pasado días planeando cada movimiento, ca