El sonido de la respiración agitada de Katerina llenaba el sótano mientras se apresuraba a soltar las ataduras de Aaron. Su rostro estaba cubierto de sangre y golpes, pero sus ojos azules, aunque nublados por el dolor, brillaron cuando la vio.
—¿Katerina? —su voz sonó ronca, incrédula.
—Voy a sacarte de aquí, Aaron —susurró ella, luchando contra los nudos con manos temblorosas.
Pero justo cuando logró liberar una de sus muñecas, un sonido metálico resonó a sus espaldas. La puerta del sótano se