El tic-tac del reloj en la pared era el único sonido que rompía el silencio en la habitación del hospital. La suave luz del atardecer se filtraba por la ventana, tiñendo de dorado las sábanas blancas que cubrían el cuerpo inmóvil de Aaron Morgan.
Katerina estaba sentada junto a la cama, su mano sosteniendo con ternura la de su esposo. Sus dedos acariciaban la piel cálida, sintiendo el pulso débil que aún latía bajo su tacto.
Seis meses.
Seis meses desde aquel día en Rusia. Desde que el mundo de