El silencio de la habitación era casi sepulcral. Katerina estaba sentada en el borde de la cama, con la vista fija en su teléfono. La llamada entrante de Irina parpadeaba en la pantalla, y aunque su primer impulso fue ignorarla, algo dentro de ella titubeó.
—Quizás… quizás solo quiere hablar —susurró para sí misma.
Con un suspiro profundo, deslizó el dedo sobre la pantalla y atendió la llamada.
—Hija, me alegra que hayas contestado.
La voz de Irina sonó suave, diferente a las veces anteriores.