Capítulo 34. Aterrizaje.

El copiloto tragó saliva. El terror en los ojos de Fernando no era la rabieta de un pasajero prepotente; era el pánico genuino de un hombre al borde del colapso absoluto.

—Señor... suélteme, por favor —pidió el copiloto con voz calmada, pero firme.

Fernando lo soltó. Dio un paso atrás. Sus manos temblaban.

El copiloto se ajustó el uniforme y miró hacia la cabina.

—Avisaré al capitán. Desviaremos el vuelo hacia el aeropuerto internacional de Santa María, en las islas Azores. Está a unos cuarenta
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