Capítulo 50. ¡Llévatela!
Sus dedos sujetaron la muñeca de Marian con una fuerza sorprendente para alguien que había estado al borde de la muerte.
Los ojos de la mujer se abrieron.
—¿Fernando...?
Los párpados de él temblaron. Lentamente. Con dificultad. Hasta que aquellos ojos terminaron abriéndose.
Todo estaba borroso. Su pecho dolía. El costado ardía.
Y la garganta le quemaba. Pero había algo que sí había visto.
La mano levantada de su madre.
Y a Camelia llorando frente a él.
—A Camelia... no le pegas... —murmuró con