Clara caminaba de un lado al otro del salón con el bebé en brazos, lo movía de forma constante, casi frenética, como si ese vaivén fuera lo único que evitaba que ella misma se desplomara.
El pequeño llevaba rato llorando sin descanso, su llanto era agudo, desesperado, y cada sonido parecía rasgarle los nervios. Clara apretaba la mandíbula, respirando con dificultad mientras intentaba mantener el ritmo.
—Por favor, por favor… cállate ya… —susurraba entre dientes, con los ojos brillosos y agotado