Miguel, satisfecho consigo mismo, sintiendo que había dado un paso más para acercarse a Sofía, guardó el pequeño juguete en el bolsillo de su chaqueta. Había pasado días convenciéndose de que no debía volver a buscarla, pero algo dentro de él lo traicionaba. No podía apartarla de sus pensamientos, ni ignorar la calidez que le provocaba recordar a la niña riendo, sosteniendo aquel objeto entre sus diminutas manos.
Decidió quedarse un poco más en la isla. Rentó una casa cercana, con la excusa de