Los días siguientes fueron una tortura silenciosa para Miguel. Todo lo que creía entender sobre su vida parecía disolverse en una neblina de dudas. Veía a su hijo, tan pequeño y frágil, moviendo las manos al aire sin reconocerlo, y sentía una punzada en el pecho. Lo amaba, sí, pero había algo que lo inquietaba profundamente. Esa ausencia de conexión, esa distancia invisible que no lograba acortar por más que lo intentara.
Por las noches, cuando Clara dormía con el bebé sobre el pecho, él se que