Sofía lo miró incrédula, sin poder creer la naturalidad con la que Miguel había entrado en su casa aquella mañana, como si nada hubiera ocurrido el día anterior. Sentía que su sangre le hervía en las venas.
La escena del beso forzado aún la perseguía; todavía podía sentir la presión de su boca sobre la suya, el peso de esa rabia disfrazada de deseo. Y ahora él estaba allí, frente al cochecito, mirando a la bebé con un gesto de ternura que la desconcertaba tanto como la enfurecía.
—¿No vas a hab