La luz blanca del hospital era fría, impersonal. Miguel estaba sentado junto a la cama, con el cuchillo en una mano y la fruta en la otra. Pelaba despacio, con la mente en cualquier parte menos en lo que hacía. Las palabras de Clara aún flotaban en el aire como humo invisible.
«Quédate conmigo… No me dejes sola».
Estaba cansado, agotado de tantas emociones acumuladas en un solo día. Pero, sobre todo, estaba inquieto.
El cuchillo se deslizó de pronto, como si la hoja tuviera voluntad propia. Sin