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CAPÍTULO 4: El precio de la dignidad

 

Isabella logró por fin llegar a su pastelería tras salir a escondidas por la puerta trasera de su casa, evitando a la multitud que seguía gritando frente a la verja.

En cuanto cruzó el umbral del local oscuro y silencioso, cayó de rodillas sobre el suelo, jadeando con fuerza.

—¿Dónde está esa tarjeta... dónde está ese objeto...? —murmuró Isabella, presa del pánico.

Se tendió sobre el suelo de cerámica cubierto de polvo, estiró la mano y buscó en el estrecho espacio bajo la vieja mesa de madera donde Liam había dejado su tarjeta la noche anterior.

Su corazón latía desbocado. Tanteó a ciegas las esquinas y patas de la mesa en la penumbra.

—¿Dónde habrá ido a parar...? —susurró con voz ronca, mientras las lágrimas empezaban a brotarle por el miedo a que la tarjeta hubiera desaparecido.

Tras unos minutos angustiosos en aquella postura, la punta de sus dedos rozó la superficie rígida y gruesa del papel, cerca de la junta con la pared.

—¡Aquí está! —Agarró la pequeña tarjeta de inmediato y la sacó de allí.

Se sentó apoyada contra la pata de la mesa y contempló la tarjeta blanca con letras doradas en relieve, ahora manchadas ligeramente por el polvo del suelo.

—Liam Reyes —pronunció Isabella, con los labios temblando violentamente.

Sin perder tiempo, sacó el teléfono del bolsillo de su pantalón con la mano aún temblorosa. Con los ojos llenos de lágrimas, tecleó dígito a dígito el número que aparecía impreso, presionó la tecla de llamada y se llevó el aparato al oído, conteniendo el aliento.

Mientras tanto, en el lujoso salón de su apartamento, Liam dormía recostado en el sofá de cuero, con la cabeza echada hacia atrás. Estaba agotado: se había mantenido despierto toda la noche a propósito, esperando una llamada que nunca llegaba, hasta que su cuerpo terminó por rendirse al sueño poco antes del amanecer.

De pronto, el teléfono que sostenía en la mano vibró con fuerza y sonó con insistencia. Liam dio un respingo, casi dejando caer el aparato al suelo. Parpadeó varias veces, intentando espantar el sueño que aún nublaba sus párpados, mientras veía en la pantalla un número desconocido.

La comisura de sus labios se elevó de inmediato. Por fin te has decidido a llamar, pensó satisfecho.

Liam se aclaró la garganta dos veces, humedeciéndose la boca seca para que su voz sonara despierta, firme y autoritaria. Deslizó el botón verde y se llevó el teléfono al oído.

—Sí, dígame —dijo con tono impasible.

—S-señor Liam Reyes... —La voz de Isabella al otro lado se escuchaba muy frágil y entrecortada.

—Sí, soy yo —respondió él, marcando deliberadamente cada palabra para demostrar que no le afectaba en absoluto.

—Y-yo... Isabella... Isabella de la Cruz... ¿p-podríamos vernos hoy? —preguntó ella nerviosa, con largas pausas cargadas de pesadez entre cada sílaba.

—¿Para tratar qué asunto? —preguntó Liam con sequedad, fingiendo ignorancia para acorralarla aún más.

Isabella guardó silencio un instante. Se oyó cómo tomaba aire profundamente, como si reuniera los últimos restos de una dignidad que ya estaba destrozada.

—A-acepto... acepto la propuesta de matrimonio que me hizo anoche.

—Ah. —Liam respondió con esa única palabra breve, dejando claro que, para sus negocios, aquello no era gran cosa y que no le importaba demasiado.

Sin embargo, en cuanto esas palabras salieron de la boca de ella, Liam se enderezó de golpe, con los ojos brillando intensamente. Una oleada de satisfacción y victoria estalló en su pecho. Todos sus planes se estaban cumpliendo a la perfección, sin el más mínimo fallo.

—Está bien. Mi secretario pasará a buscarla. Se pondrá en contacto con este número en breve, así que prepárese —dijo con brusquedad, adoptando deliberadamente el tono de un jefe que da órdenes a un subordinado.

—Es-espero... estaré esperando en la tienda —respondió Isabella, con la voz cada vez más débil, llena de resignación.

PIP.

Liam colgó la llamada de golpe, antes incluso de que ella pudiera terminar la frase o darle las gracias. Bajó el teléfono del oído y lo arrojó sin cuidado sobre el sofá, a su lado.

Poco a poco, una sonrisa astuta y triunfal apareció en su rostro. Se recostó en el respaldo y miró al techo, desbordante de satisfacción. El mayor obstáculo para entrar en el círculo de negocios de la nobleza había desaparecido, y aquella mujer tan terca estaba ahora completamente en su poder.

***

—Espere aquí, señorita Isabella. El señor Liam está presidiendo una reunión muy importante —dijo Juan, abriéndole las pesadas puertas dobles de roble. La invitó a pasar al despacho, amplio y suntuoso.

—De acuerdo, gracias —respondió ella en voz baja.

Entró con paso dubitativo y se sentó en el mullido sofá de cuero negro. Su ropa desaliñada y su rostro pálido por la falta de sueño contrastaban de forma dolorosa con la opulencia del lugar. Isabella apretó contra sí su mochila, sintiéndose diminuta y torpe en aquel entorno desconocido.

—Si necesita algo o se siente incómoda, no dude en llamar a mi número —añadió Juan con amabilidad antes de retirarse.

—Está bien. —Isabella solo asintió brevemente, sin levantar la vista.

Juan retrocedió lentamente y cerró la puerta con firmeza, dejándola sola. Poco después, se escuchó el clic del cerrojo, y la puerta volvió a abrirse.

Liam entró. Seguía vestido con su traje impecable, que ceñía perfectamente su figura imponente. El sonido de sus pasos firmes y rítmicos se acercó al sofá.

Isabella bajó aún más la cabeza, abrumada por una vergüenza inmensa. Recordar lo tajante que había sido al rechazarlo la noche anterior y estar allí ahora se sentía como tener que tragarse sus propias palabras.

Liam se detuvo justo frente a ella, proyectando una sombra que cubrió todo su cuerpo. Metió una mano en el bolsillo del pantalón y la miró fijamente a la coronilla, con una expresión gélida y desprovista de emoción.

—¿Qué ha hecho que cambie de opinión tan de repente, señorita de la Cruz? —preguntó. Su voz era grave, profunda y cargada de una intimidación deliberada, para dejar claro quién tenía ahora el control absoluto de la situación.

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