—Don Javier de Álvarez, Duque de Álvarez, ha llegado —susurró de pronto doña Valeria. Su voz sonaba tensa, temblando de una emoción que no lograba ocultar.
—Vamos, debemos recibirlo ahora mismo —añadió rápidamente. Sin esperar respuesta, sus dedos se aferraron con fuerza al brazo de su esposo, don Álvaro. Este fue arrastrado con torpeza, obligado a seguirla para mezclarse con la multitud.
En cuestión de segundos, casi todos los nobles presentes en la cacería se movieron al unísono. Se empujaron