Gracia volvió a leer el mensaje y guardó el teléfono en el bolsillo. Resopló con ese aire habitual de decepción, aunque esta vez era distinto, ya no dolía. La razón era simple. Ya no lo amaba.
Tomó el cuadro y se dirigió a una de las canecas de basura en la playa. El marco era claramente más grande de lo que cabía, pero no le importó; lo arrojó sin miramientos.
Sacó el teléfono una vez más y escribió un mensaje de respuesta:
«Muy bien, cuando tengas tiempo de recogerlo, puedes venir por él».
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