Maximilien ni siquiera esperó a que amaneciera. A primera hora ya estaba en el hospital, parado frente a la habitación de Gracia.
Llevaba un gran ramo de tulipanes y un oso de peluche. Aunque para él ese tipo de obsequios eran ridículos, Antonia, antes de salir de la mansión, le había aconsejado que quizás a ella le gustaría.
Gracia estaba recostada en la camilla, sintiéndose culpable. Por sus descuidos, la vida de su bebé corría peligro, y no se perdonaría a sí misma si llegaba a ocurrirle alg