—Buenos días, señora Gracia —saludó con suavidad una enfermera al entrar en la habitación. Gracia, aún somnolienta, abrió los ojos lentamente y dirigió la mirada al sofá. Estaba vacío. Maximilien ya no estaba allí.
—Buenos días, enfermera... ¿y mi esposo?
—Salió hace un rato. Dijo que volvería en un par de horas. No quiso despertarla porque notó que tuvo una noche difícil. Pero ya son casi las diez, es importante que se arregle un poco, y si puede, que tome algo de sol. El jardín del hospital es