Fernando condujo sin detenerse por un par de horas. Las luces de la ciudad quedaron atrás, reemplazadas por carreteras que conducían a las afueras. La noche estaba cayendo. El aire dentro de la camioneta era denso, cargado del llanto incesante de la bebé, sumergiendo a Mariana en el desespero y la impaciencia.
—¡Maldita sea! ¡No se calla! ¿Qué vamos a hacer? —gritó, llevándose las manos a la cabeza.
—Es obvio —masculló Fernando, mirando por el retrovisor con irritación—. ¡Es una recién nacida!