Fernando regresó a su habitación de hotel con la sangre hirviendo. Sin pensarlo, fue directo al bar, sacó una botella de vino y bebió un largo trago directo del cuello.
—¡Gracia, maldita sea! No puedes amar a otro hombre —gritó, sintiéndose impotente.
No podía aceptar que su esposa, su gran amor, estuviera casada con otro. ¡Era inadmisible! Estaba convencido de que Gracia estaba siendo manipulada, de que, en el fondo, la mujer que alguna vez lo amó aún seguía allí. ¿Qué había hecho tan mal para