Los consejos de la señora Higgins.
La señora Higgins permanecía de pie cerca de la puerta de la cocina, con los brazos cruzados sobre el pecho y sus ojos enrojecidos fijos en Arabella con una mirada yang esta no podía evadir. La mujer de mediana edad ya no llevaba puesto su delantal blanco. Sus manos, que habitualmente sostenían cucharas de madera o cuchillos de cocina, estaban ahora vacías, apretadas con fuerza contra su pecho.
Las lágrimas de Arabella habían dejado de fluir. No porque su tristeza se hubiese disipado, sino por