Dominic no lo negó; se limitó a clavarle una mirada gélida. Sus manos sobre el volante permanecieron inmóviles. Su rostro tenso no mostró cambio alguno. Sin expresión. Sin reacción. Como si las palabras de Arabella no llegaran a sus oídos. O si llegaban, no alcanzaban a conmover su corazón.
—Di lo que quieras —dijo Dominic con voz monótona, fría como el hielo—. No me importa.
Aquellas palabras fueron como agua helada arrojada sobre el fuego de la ira de Arabella. No la sofocaron, sino que la