Las lágrimas de Bella.
La señora Higgins no respondió. Caminó hacia Arabella con pasos lentos dan pausados, pero que se sentían pesados, como si cada zancada cargara con un lastre difícil de soportar. La mujer se detuvo frente a ella, a tan solo un paso de distancia. Sus ojos enrojecidos escrutaron a Arabella con una mirada que la joven no lograba descifrar.
—Bella —pronunció la señora Higgins de nuevo, con voz baja pero firme—. Hay algo que quiero preguntarte sobre tu relación con el señor Dominic.
El corazón de A