Tres semanas habían transcurrido desde la noche en que la pureza de Arabella fue arrebatada por la fuerza por Dominic.Cada noche, después de que la señora Higgins se marchaba, Dominic llamaba a Arabella. A veces era en el despacho, a veces en la alcoba principal, otras veces en el sótano que él había transformado en una especie de refugio privado con sofás profundos y paredes insonorizadas. Arabella nunca sabía en qué rincón él reclamaría su cuerpo, y esa incertidumbre era, en sí misma, una tortura constante.A pesar de todo, Arabella se esforzaba por recibir a Dominic con una sonrisa amable cada vez que llegaba a la mansión. Fingía, aunque sabía que al caer la noche él la haría llorar e incluso suplicar clemencia.Debía cumplir con sus tareas a la perfección, como si nada hubiera ocurrido.Con esmero, Arabella limpiaba el polvo de las mismas estanterías contra las que su espalda había sido golpeada la noche anterior. Planchaba las camisas cuyos botones ella misma había arrancado en
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