La puerta se cerró. El fuerte chirrido de los goznes resonó en la estrecha sala, como un grito de advertencia que nadie escuchó.
Christian ya caminaba hacia el salón. Estaba de espaldas a Arabella, con las manos aún en los bolsillos. Sus hombros anchos estaban ligeramente encorvados, como un león acechando a su presa antes de saltar.
Arabella permanecía cerca de la entrada, con la pesada bolsa de plástico blanca todavía en la mano. Sentía las piernas de plomo. El pecho se le oprimía. Sabía lo