El reloj marcaba las cuatro de la tarde cuando Arabella terminó sus labores en la mansión de Dominic.
Lo habitual era que regresara a casa después de que él cenara, alrededor de las del ocho o las nueve de la noche. A menudo, incluso más tarde, pues Dominic solía mandarla llamar a su habitación antes de permitirle marchar. Pero hoy era diferente. Dominic estaba en una reunión fuera de la ciudad y no volvería sino hasta después de la cena. Fue la propia señora Higgins quien le insistió en que s