En la gran mansión de estilo victoriano en el sector de The Hills, el cielo comenzaba a oscurecerse.
Dominic estaba de pie en su despacho, en la segunda planta, junto al ventanal que daba al patio delantero. Con las manos hundidas en los bolsillos, contemplaba con la mirada perdida la calle. Los autos lujosos de sus vecinos pasaban de largo; algunos entraban en sus garajes, otros seguían su camino hacia cualquier destino.
Era tarde. El sol empezaba a inclinarse hacia el oeste, tiñéndose de un