La casa quedó sumida en el silencio tras la partida del auto de Christian. Un silencio pesado. Un silencio asfixiante. Un silencio que hacía que cada pequeño sonido resonara con estruendo: el tictac del viejo reloj de pared, el trino de los pájaros tras la ventana, el silbido del viento filtrándose por las grietas de las paredes.
Arabella seguía sentada en el sofá.
Su pequeño cuerpo estaba ovillado en un extremo, con las rodillas pegadas al pecho y los brazos rodeándolas con fuerza. Tenía la c