CAPÍTULO 39
Último día en Santorini
El amanecer en Santorini era una sinfonía de luz. Luna se desperezó entre las sábanas de lino, percibiendo el murmullo lejano del mar y el leve roce de una mano que recorría su espalda.
—Buenos días, mi Luna —susurró Andrey junto a su oído, con la voz aún ronca por el sueño.
Ella sonrió, sin abrir los ojos, y giró sobre sí misma para enredar las piernas con las de él.
—No puede ser nuestro último día —murmuró, abrazándose a su pecho desnudo.
—No será el últim