Andrey no parpadeó.
Durante toda la noche, su cuerpo permaneció en la misma posición, recostado contra el respaldo, con la mirada fija en Luna dormida. Cada vez que su pecho subía al inhalar, él lo sentía como si fuera suyo. Cada vez que un mechón de cabello se le deslizaba por la frente, él lo observaba caer como si fuera un presagio.
La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el resplandor lejano de la luna que apenas se filtraba entre las nubes. No había ruidos, ni había mundo, sol