Luna temblaba.
Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. No sabía cuánto había conducido, ni por qué camino exacto había tomado. Solo había un pensamiento que resonaba con estruendo entre sus sienes: huir.
Cuando finalmente llegó a su edificio, el amanecer apenas comenzaba a teñir el cielo de un gris húmedo. El rugido del motor se apagó, pero su respiración seguía agitándose como si aún corriera.
Salió del auto —ese auto de lujo que no era suy