El calor me consumía vivo.
Cada maldito centímetro de mi piel ardía como si estuviera siendo arrastrado directamente al infierno, y por más que intentaba conservar la cordura, esta se me escapaba entre los dedos.
Todo estaba borroso.
Las luces.
La habitación.
El aire.
Mi respiración era pesada, errática, casi animal.
Isabela me guiaba, pero en mi estado apenas podía comprender lo que ocurría a mi alrededor.
Solo sentía.
Fuego.
Necesidad.
Desesperación.
Tropecé al entrar en la habita