Verla en ese estado me destrozó más de lo que estaba dispuesto a admitir. No podía dejarla ir así, no cuando parecía una sombra de sí misma, un alma en pena caminando sin rumbo, como si ya no le importara vivir o morir.
Algo dentro de mí reaccionó antes de que pudiera pensarlo demasiado.
Corrí hacia ella y la cargué entre mis brazos.
Elena me miró sorprendida, claramente sin esperarlo, y de inmediato empezó a golpearme el hombro, exigiendo que la bajara, pero ignoré cada uno de sus intentos.
Se