La puerta del despacho se cerró con un estruendo brutal detrás de Nicola Borgia.
Y en cuanto desapareció de mi vista…
Exploté.
—¡MALDITO DESGRACIADO! —grité, lanzando un florero contra la pared con tanta fuerza que estalló en pedazos—. ¡¿Cómo se atreve a humillarme de esa manera?!
Mi pecho subía y bajaba con violencia.
La rabia me quemaba viva.
Las lágrimas corrían por mis mejillas, pero no eran de tristeza.
Eran de furia.
De humillación.
De odio puro.
—¡Me llamó puta! —vociferé, girándome haci