Entrar nuevamente en la casa de Villalva era como regresar voluntariamente al mismísimo infierno.
Cada rincón de aquella mansión olía a corrupción.
A mentiras.
A manipulación.
Apreté la mandíbula mientras avanzaba por el enorme pasillo, siguiendo al empleado que me guiaba hasta el despacho.
Mi odio por esa familia se había vuelto algo tan profundo que ya no era solo rabia.
Era veneno.
Un veneno que lentamente me estaba consumiendo.
Pero aun así seguía adelante.
Porque ahora mi venganza