Llegar a casa no se sintió bien. Nada se sentía bien. Era como si todo el ruido del día se hubiera quedado pegado a mi piel, como suciedad que no se puede quitar. Me lancé a la cama sin siquiera cambiarme, me acurruqué sobre mí misma, buscando desaparecer, aunque fuera por unas horas. Quería dormir hasta el día siguiente, o hasta que todo dejara de doler.
Respiré profundo, una vez, otra… obligándome a no perder el control. No podía. No otra vez. No podía volver a convertirme en esa versión rota