Alessandro me observaba desde el otro lado del escritorio con una tensión que se podía cortar. No disimulaba el enojo, y no era para menos. Todo ese espectáculo que esa familia estaba montando empezaba a salpicarme, a mover piezas que yo ya tenía bajo control. Pero ellos seguían cometiendo el mismo error de siempre: creer que yo seguía siendo el mismo imbécil de hace años, el mismo chico que acepto todo sin pelear, sin protestar.
No lo era.
—Necesito que consigas a alguien parecido a mí —dije,