Me acurruqué en la camilla, intentando calmarme, obligándome a pensar en cualquier cosa que no fuera esto… que no fuera él… que no fuera yo. Pero el dolor en el pecho no me abandonaba. Seguía ahí, firme, cruel, recordándome a cada segundo que todo lo que me pasaba me lo merecía.
Por lo que había hecho.
Y por lo que seguía haciendo.
Yo había lastimado al amor de mi vida… bueno… “lastimar” sonaba incluso ridículo, casi dulce para lo que hice.
Yo lo había destrozado.
Sin reparos. Sin culpa en ese