El silencio dentro de la habitación me estaba matando.
No podía dejar de pensar en esas pequeñas huellas estampadas en el papel blanco que había visto sobre la mesa junto a la camilla.
Las huellitas de mi bebé.
O… de un bebé.
Porque algo dentro de mí no dejaba de gritar que había algo mal.
Algo terriblemente mal.
—Quiero verlas —susurré.
Emanuel, que estaba acomodando unas medicinas cerca de la ventana, se giró lentamente hacia mí.
Sus ojos verdes se suavizaron al verme.
—Elena…
—Por favor.
Él