La señora Livingston siente un vuelco en su corazón a pesar de que ella no tuvo a Máximus en su vientre. Le duele verlo así. Lo conoce como la palma de su mano, es como un hijo para ella y, en su mirada perdida y en la posición de sus hombros caídos, se percata de que él sufre profundamente.
—Nieto querido, esta vieja se alegra de verte. Volví de la muerte, así que no tienes por qué estar tan triste —dice ella con una voz débil, pero firme.
Máximus cierra la puerta a su paso y se dirige a ell