—¡Claro que estoy embarazada y que es tu hijo, Máximus! ¿Cómo te atreves a negarlo? ¡Eres un ser despiadado! —grita Aria, con la cara roja de furia y las venas de su cuello marcándose por la forma en que se tensa.
A Máximus no le importan las palabras de Aria. Para él, ella es solo ruido de fondo, una interferencia molesta. Sus ojos están fijos en su esposa, Rosie, quien permanece de pie, rígida, con un enojo evidente que emana de cada poro de su piel.
—Héctor, saca a Aria de aquí. Ahora mismo.