Rosie baja del auto con movimientos lentos, como si cada centímetro de su piel pesara. Atlas, el chofer cuya lealtad a los Livingston es tan sólida como el acero, la observa con un respeto profundo, casi paternal. Él nota el temblor en sus manos mientras sostiene su bolso. Con un gesto gentil, cierra la puerta del vehículo.
—Me voy a demorar, Atlas —murmura ella, sin mirarlo realmente, con los ojos fijos en la entrada de la pequeña cafetería.
—La esperaré el tiempo que sea necesario, señora —re