En la terraza de la mansión de seguridad en Las Vegas, el aire se volvió gélido en un instante. Salvatore Lombardi observaba la pantalla de su celular, donde el nombre de Francesco Rossi parpadeaba con una insistencia casi violenta. Salvatore sostenía el celular frente a él como si fuera una granada con el pasador a punto de soltarse. Con un suspiro cargado de resignación y la mandíbula tensa, Salvatore deslizó el dedo por la pantalla y aceptó la videollamada.
La imagen de Francesco apareció de