En la terraza de la mansión de seguridad en Las Vegas, el aire era denso, saturado por el aroma a tabaco fuerte y el zumbido constante de los procesadores de las laptops. Nick no había despegado los ojos de la pantalla en las últimas horas. Su rostro, iluminado por el resplandor azulino del monitor, parecía esculpido en mármol.
—Tengo algo —soltó Nick, y su voz, desprovista de emoción, atrajo de inmediato la atención de Salvatore y Lucius—. He cruzado las señales de los teléfonos desechables qu