Las horas siguientes se sintieron como una eternidad suspendida en el infierno.
Nick se había lavado las manos tres veces en el pequeño baño de visitas. El agua salía clara, el jabón olía a lavanda, pero él seguía viendo el rojo entre sus uñas; seguía sintiendo la textura viscosa y caliente de la vida de Isabella escapándose entre sus dedos.
No se había cambiado de ropa. Seguía con la camiseta gris y el pantalón de pijama, ahora secos, pero rígidos en las zonas donde la sangre de la Reina se ha