Salvatore deslizó el dedo por la pantalla del celular con un suspiro de resignación, aceptando la videollamada. Apoyó el dispositivo contra una botella de whisky en su escritorio, cruzándose de brazos mientras la imagen se estabilizaba.
En la pantalla aparecieron dos figuras en un entorno que parecía una oficina de inteligencia, con mapas digitales de fondo. Uno era Sebastián, con cara de pocos amigos. El otro, una sombra imponente con el ceño fruncido, era el hombre agendado como "Yankee".
Sal